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Salud mental antes de una cirugía: guía completa de las semanas de espera

Qué es esperable sentir, qué señales piden ayuda y qué se puede hacer concretamente con la ansiedad, el sueño, el miedo al dolor y la espera. El pilar que sostiene a los otros tres.

30 de julio de 2026 12 min de lectura 4 referencias

De los cuatro pilares de la prehabilitación, este es el que menos se mide y el que más arrastra a los demás. Un paciente muy angustiado duerme peor, come menos y entrena menos: la ansiedad erosiona el ejercicio, la nutrición y los hábitos antes de tener cualquier efecto directo sobre la cirugía.

Por eso el componente psicológico no es el adorno amable del programa. Es la condición para que el resto se cumpla.

Esta guía recorre las semanas de espera en orden: qué es esperable sentir, cuándo eso deja de ser esperable, qué herramientas concretas existen, quién acompaña y cómo llegar al día previo.

Qué es esperable y qué no

La ansiedad prequirúrgica es tan frecuente que muchas veces ni se pregunta por ella: se asume como parte del paisaje. El problema es que, pasado cierto umbral, deja de ser una emoción esperable y empieza a tener consecuencias clínicas.

Entra dentro de lo esperable:

  • Preocupación por el resultado y por el diagnóstico.
  • Dificultad para dormir las noches previas.
  • Momentos de angustia que aparecen y se pasan.
  • Necesidad de hablar del tema, o de no hablarlo en absoluto.

Son señales de que conviene pedir ayuda:

  • Angustia la mayor parte del día, la mayoría de los días.
  • Insomnio sostenido por más de dos semanas.
  • Crisis de pánico.
  • Pérdida de apetito que se suma al deterioro nutricional.
  • Evitar controles o postergar exámenes por miedo.
  • Ideas de que no vale la pena tratarse.

Si aparecen ideas de muerte o de hacerse daño, corresponde consultar de inmediato con el equipo de salud. No es un tema para dejar para la próxima consulta.

Más allá del sufrimiento en sí, los factores psicológicos se relacionan con la experiencia perioperatoria y con la adherencia a todo lo demás. Una revisión sobre factores psicológicos y prehabilitación describe ese vínculo y argumenta que el componente mental no es un accesorio del programa.1 Una revisión sistemática de prehabilitación psicológica antes de cirugía oncológica encontró señales favorables sobre ansiedad y estado de ánimo, aunque con estudios pocos y heterogéneos.2

El miedo al dolor: un factor modificable

Catastrofizar el dolor es un patrón de pensamiento con tres componentes: amplificar la amenaza, rumiar sobre ella y sentirse incapaz de manejarla. No es debilidad ni exageración; es un estilo cognitivo medible, y se asocia al dolor postoperatorio que la persona reporta y a cuánta analgesia necesita.1

Suena así:

  • «Va a ser insoportable.»
  • «No voy a poder aguantarlo.»
  • «Si duele, es porque algo salió mal.»

La intervención más simple y probablemente la más efectiva es informativa: explicar que el dolor postoperatorio es esperable, tratable y transitorio, y que su presencia no significa que algo haya salido mal.

Lo que se trabaja antes de entrar a pabellón:

  1. Normalizar. Nombrar que va a doler y que existe un plan.
  2. Dar control. Explicar cómo pedir analgesia, cada cuánto, y que anticiparse al dolor funciona mejor que esperar a que sea intenso.
  3. Entregar herramientas. Respiración, distracción, cambios de posición, sujetar la herida al toser.
  4. Corregir la interpretación. Distinguir el dolor esperable de la herida del dolor que sí hay que avisar.
  5. Derivar cuando el patrón es intenso, o cuando hay dolor crónico previo y uso prolongado de opioides.

Nada de esto implica que el dolor «esté en la cabeza». El dolor postoperatorio es real y tiene causa física. Lo que estas estrategias modifican es su intensidad percibida y la capacidad de manejarlo, no su existencia.

Informar sin asustar

Hay dos formas de que las expectativas fallen. Una es prometer una recuperación fácil que no llega, y el paciente concluye que algo salió mal. La otra es enumerar todas las complicaciones posibles sin contexto, y el paciente llega aterrado. La información anticipada aparece de forma consistente entre los componentes de la prehabilitación psicológica, y es de las más baratas de implementar.21

Conviene anticipar:

  • El dolor esperable, y sobre todo que existe un plan para manejarlo y que pedir analgesia no es «aguantar poco».
  • Los dispositivos. Ver una sonda o un drenaje al despertar asusta bastante menos si se anticipó.
  • El calendario realista. Cuándo se va a sentar, cuándo va a caminar, cuándo va a comer, cuándo es el alta probable.
  • La fatiga posterior. Es la queja más frecuente y la que menos se advierte: muchos pacientes se asustan al sentirse agotados semanas después.
  • Qué se espera de él. Que va a tener que respirar profundo, sentarse y caminar aunque duela, y que eso es parte del tratamiento.

El giro que mejor funciona: pasar de «esto es lo que le van a hacer» a «esto es lo que usted va a hacer». Un paciente con tareas concretas se siente participante en vez de objeto del procedimiento.

Sobre la forma de decirlo: preguntar primero cuánto quiere saber —no todos quieren el mismo nivel de detalle, y eso es legítimo—, empezar por lo más probable y no por lo más grave, usar números concretos en vez de adjetivos («la mayoría se sienta al día siguiente» dice más que «la recuperación es rápida»), dejar algo por escrito, e incluir al acompañante, que suele recordar lo que el paciente no.

Tres técnicas de respiración que se aprenden en una sesión

Tienen una ventaja poco común: son gratis, no tienen efectos adversos y sirven en dos frentes a la vez. La misma respiración diafragmática que baja la activación ansiosa es la que se usa para prevenir complicaciones pulmonares.

  1. Diafragmática. Sentado o semisentado, una mano en el pecho y otra en el abdomen. Inspirar por la nariz lento, buscando que se mueva la mano del abdomen y no la del pecho. Espirar suave por la boca, más lento que la inspiración. De 5 a 10 respiraciones, varias veces al día.
  2. Espiración prolongada. La misma mecánica, alargando la espiración hasta que dure aproximadamente el doble que la inspiración. Es la variante que más se usa para bajar la activación en un momento de angustia.
  3. Respiración cuadrada. Inspirar contando hasta cuatro, sostener cuatro, espirar cuatro, esperar cuatro. Cuatro o cinco ciclos. El conteo ayuda cuando la cabeza está demasiado acelerada como para «solo respirar».

El doble beneficio. Estas técnicas son también la base del trabajo respiratorio preoperatorio que, en cirugía abdominal alta, mostró reducir a la mitad las complicaciones pulmonares con una sola sesión de enseñanza.3 Lo que se practica para la ansiedad se está practicando también para el postoperatorio.

La clave está en no dejarlas para el momento de crisis. Practicadas dos o tres veces al día en calma, quedan disponibles cuando de verdad hacen falta: en la sala de espera, la noche previa, o el primer día después de la cirugía cuando toque respirar profundo con la herida doliendo.

Si aparece mareo, es señal de estar hiperventilando: hay que hacerlo más lento y más superficial. La respiración debe ser cómoda, no un esfuerzo.

Atención plena, en su justa medida

El sufrimiento de la espera quirúrgica es en gran medida anticipatorio: la cabeza adelanta escenarios que todavía no ocurrieron. Una práctica que entrena a volver al presente ataca justamente ese mecanismo.

Un objetivo realista: no eliminar el miedo, sino dejar de estar doce horas al día dentro de él. Pasar de rumiar todo el día a hacerlo un rato ya es un cambio grande en la calidad de vida de esas semanas.

Una práctica de tres minutos: un minuto de reconocer qué se está pensando, qué se está sintiendo y cómo está el cuerpo, solo nombrándolo; un minuto con toda la atención en el aire que entra y sale; un minuto ampliando esa atención al cuerpo entero y a lo que rodea. Repetible varias veces al día, sin equipamiento y sin creencias asociadas.

Y lo que hay que decir con honestidad: la revisión sistemática sobre prehabilitación psicológica en cirugía oncológica encontró señales favorables, pero con literatura escasa y heterogénea.2 Es razonable ofrecerla como herramienta complementaria; no lo es presentarla como tratamiento de un trastorno ansioso o depresivo establecido, que requiere abordaje formal.

En personas con antecedente de trauma, las prácticas de atención al cuerpo pueden movilizar contenidos difíciles. En esos casos conviene hacerlo con acompañamiento profesional y no por cuenta propia.

Dormir mal: casi universal, y no inocuo

Casi todo paciente en espera quirúrgica duerme peor. Lo que empieza como preocupación se convierte, a las pocas semanas, en un patrón: acostarse a dar vueltas, despertar de madrugada, levantarse cansado. Importa más de lo que parece, porque la privación de sueño baja el umbral del dolor —se percibe más dolor con el mismo estímulo—, empeora el ánimo cerrando un círculo, reduce la energía disponible para entrenar y afecta el apetito.

Lo que sí funciona:

  1. Horario fijo de levantada, incluso después de una mala noche. Es la medida más potente y la que más cuesta aceptar.
  2. Salir a la luz natural en la mañana.
  3. Ejercicio durante el día, evitando la actividad intensa en las dos horas previas a acostarse.
  4. La cama solo para dormir. Si pasan veinte minutos sin sueño, levantarse, hacer algo tranquilo con luz tenue y volver cuando dé sueño.
  5. Sacar el reloj de la vista. Mirar la hora de madrugada activa la angustia.
  6. Descargar la cabeza antes de acostarse, anotando las preocupaciones y lo pendiente en un papel.
  7. Cafeína hasta el mediodía. El alcohol da sueño y fragmenta la segunda mitad de la noche.

La paradoja del esfuerzo. Tratar de dormirse activa. Cambiar la meta de «tengo que dormir» a «voy a descansar acostado» reduce la presión y funciona mejor.

Los inductores del sueño tienen indicación en algunos casos, pero también riesgos —especialmente en adultos mayores, donde se asocian a caídas y a confusión postoperatoria. Es una conversación con el médico tratante, no una automedicación.

Cuándo derivar a apoyo psicológico formal

El componente psicológico transversal —información, respiración, manejo de expectativas— puede entregarlo cualquier miembro del equipo. La derivación a psicología es otra cosa y tiene sus propios criterios.

Derivación clara: síntomas depresivos significativos o ánimo bajo persistente; crisis de pánico o ansiedad que interfiere con la vida diaria; antecedente de trastorno psiquiátrico que se está descompensando; trauma previo relacionado con procedimientos médicos; evitación de exámenes o controles por miedo; consumo problemático de alcohol o drogas; duelo reciente o crisis vital concurrente; ideación suicida, que es derivación urgente.

La ideación suicida no espera lista de espera. Corresponde activar el circuito de urgencia de salud mental del centro.

Muchos pacientes, en cambio, están angustiados sin cumplir criterios de patología. Ahí funciona bien el apoyo estructurado no especializado: sesión educativa, técnicas de relajación, seguimiento telefónico, grupos de pacientes. Reservar la derivación especializada para quien la necesita permite que el recurso alcance.

Es frecuente que el paciente lo lea como «me están diciendo que estoy loco». Ayuda enmarcarla dentro del programa: «esto es parte de la preparación, igual que el ejercicio y la alimentación; queremos que llegues bien en los tres frentes». Presentarlo como componente estándar y no como excepción baja mucho la resistencia; los marcos de prehabilitación describen el trabajo psicológico y conductual como un componente del programa, no como un tratamiento aparte que se activa cuando algo falla.41

El acompañante

En los programas domiciliarios se nota rápido: los pacientes que tienen a alguien involucrado cumplen, y los que están solos abandonan más. No es una cuestión de carácter, es de contexto. El acompañante aporta memoria externa de las indicaciones, compañía en el ejercicio —salir a caminar de a dos es radicalmente distinto a salir solo—, apoyo alimentario (quien cocina determina en buena medida si se cumple el aporte proteico), detección temprana del decaimiento y contención emocional.

Vale la pena invitarlo a la primera sesión educativa y darle tareas explícitas. Un rol definido rinde mucho más que un «acompáñelo» genérico.

Los errores frecuentes son cuatro: insistir con la comida, porque la presión aumenta el rechazo y ofrecer sin exigir funciona mejor; sobreproteger, haciéndole todo al paciente justo cuando el objetivo es lo contrario; llegar con pronósticos buscados en internet, que aumentan la angustia de los dos; y descuidarse, porque el agotamiento del cuidador termina afectando al paciente.

Cuando no hay acompañante —situación frecuente que conviene nombrar y no ignorar— se usa seguimiento telefónico más frecuente por parte del equipo, grupos de pacientes, vinculación con redes comunitarias, y prioridad para las sesiones supervisadas cuando la capacidad es limitada.

El día antes

Después de semanas de programa llega el día previo, y con él la tentación de hacer «un último esfuerzo». Es exactamente lo que no corresponde.

Con el cuerpo: nada de entrenamiento intenso —no suma y puede dejar fatiga innecesaria; una caminata suave está bien—, seguir al pie de la letra las indicaciones de ayuno y, si corresponde, de preparación intestinal y bebida de carbohidratos; tener claro y por escrito qué medicamentos se toman y cuáles se suspenden; hidratarse dentro de lo permitido; y dormir lo que se pueda, sin dramatizar una mala noche, que no arruina nada.

Con la logística: bolso preparado con documentos, exámenes, lista de medicamentos, artículos personales, lentes y audífono; traslado confirmado y hora de llegada clara; definido quién acompaña y quién recibe la información del equipo; la casa lista para la vuelta; joyas, esmalte y lentes de contacto retirados según lo indicado.

El truco de la lista. Buena parte de la ansiedad de esa noche es logística disfrazada de miedo existencial. Dejar todo resuelto y anotado libera una cantidad sorprendente de espacio mental.

Con la cabeza: no es el día de tomar decisiones ni de leer sobre estadísticas de complicaciones. Sirve más ocupar la cabeza en algo liviano, hablar con alguien de confianza, practicar la respiración que se aprendió y recordar concretamente qué se hizo estas semanas: los metros que se ganaron en el test de marcha, las sesiones cumplidas, el cigarro que se dejó.

Llegar sabiendo que uno hizo su parte no es un detalle emocional menor. Es, literalmente, de lo que se trató todo el programa.

Referencias

  1. Levett DZH, Grimmett C.. Psychological factors, prehabilitation and surgical outcomes: evidence and future directions. Anaesthesia. 2019;74(Suppl 1):36-42. doi:10.1111/anae.14507
  2. Tsimopoulou I, Pasquali S, Howard R, et al.. Psychological Prehabilitation Before Cancer Surgery: A Systematic Review. Annals of Surgical Oncology. 2015;22(13):4117-4123. doi:10.1245/s10434-015-4550-z
  3. Boden I, Skinner EH, Browning L, et al.. Preoperative physiotherapy for the prevention of respiratory complications after upper abdominal surgery: pragmatic, double blinded, multicentre randomised controlled trial (LIPPSMAck-POP). BMJ. 2018;360:j5916. doi:10.1136/bmj.j5916
  4. Grimmett C, Bradbury K, Dalton SO, et al.. The Role of Behavioral Science in Personalized Multimodal Prehabilitation in Cancer. Frontiers in Psychology. 2021;12:634223. doi:10.3389/fpsyg.2021.634223

Este artículo es material informativo. No constituye indicación médica ni reemplaza la evaluación del equipo tratante.

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